La BMW más deportiva impresiona por diseño y por cifras. 204 kilos de peso en seco, 193 CV de potencia, 112 Nm de par motor… ¿Y todo eso no se atraganta? Pues no.
No es una moto para llevar a la ligera, pero la electrónica facilita las cosas de una forma espectacular. Puedes subir marchas sin soltar gas ni tocar embrague, tienes un sistema de frenos (muy bueno) con ABS, control de tracción para que no salgas por las orejas si la lías y sistema anti-wheelie. A pesar de todo esto, la BMW S1000 RR impresiona.
Postura de conducción radical, completísima instrumentación, tres modos de respuesta del motor y un asiento (por llamarlo de alguna manera) para el pasajero totalmente testimonial.
El propulsor de la S1000 RR empuja una barbaridad, te catapulta de tal manera que te ves obligado a subir marchas muy deprisa si no quieres que el anti-wheelie te corte el rollo en las tres primeras marchas. No es una 600 y se nota por peso y, sobre todo, por potencia, claro. Hay que tener las cosas claras a la hora de abrir gas inclinado por mucho que sepamos que el control de tracción está ahí. Frena en consonancia a sus prestaciones y las suspensiones son bastante firmes a pesar de que el reglaje de la moto que probé distaba mucho del apropiado para mi peso y envergadura.
Esta BMW tiene carácter, aunque la electrónica se encargue de mantener las cosas en su sitio.



