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Tres días de curvas, compañerismo y diversión en el PuntApunta 2017. Te cuento cómo he vivido esta edición

Tres días de curvas, compañerismo y diversión en el PuntApunta 2017. Te cuento cómo he vivido esta edición
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El PuntApunta 2017 ha reunido en esta cuarta edición a 750 motos y 900 participantes que han recorrido 1.600 kilómetros en tres etapas repletas de curvas para cubrir la distancia que separa Santander de Estepona (Málaga). Este viaje organizado por BMW Motorrad España acoge motos de todo tipo y marca por encima de 125 cc, aunque a ojo yo diría que más de 90% son BMW y, de éstas, al menos las tres cuartas partes son R 1200 GS.

PuntApunta 2017

Las dos primeras ediciones del PuntApunta fueron ‘horizontales’, cruzaron la península de este a oeste, y la tercera la recorrió de norte a sur. Problemas de salud me impidieron asistir a la primera edición y luego el tan deseado trabajo fue el culpable de que me perdiese las dos siguientes. Pero este año era el año en que por fin iba a poder realizar un viaje que se me había escurrido entre los dedos… y, por lo que comentan los veteranos, me he estrenado en la mejor edición.

Es curioso, porque si soy sincero no me gusta viajar en moto. Mi espíritu sport o de culo inquieto hace que me pueda el aburrimiento cuando realizo largas tiradas en moto. No me vale con disfrutar el paisaje, necesito disfrutar también de la conducción.

Sin embargo, este viaje me ha llegado, el PuntApunta ha conseguido tenerme unas diez horas al día sobre la moto sin que el diablo del aburrimiento subiese al asiento del acompañante de mi moto. Paisajes, conducción, compañerismo y una organización de primera se unen en el PuntApunta para agradar a muy diferentes tipos de motoristas.

Te lo voy a contar y me vas a permitir que lo haga desde un punto de vista totalmente personal, cada rider lo vive a su manera y la mía ha sido como vas a leer en este texto… y como vas a poder ver también de una forma personal, desde mis fotos de Instagram.

La moto, una BMW R 1200 GS Adventure

Tenía que elegir moto para esta aventura que, en mi caso iban a suponer más de 2.600 kilómetros. Por mi estatura, tipo de conducción y preferencias elegí una R 1200 GS Adventure, una moto con la que siempre he tenido una ardiente relación de amor-odio. La parte más acalorada de esta relación se debe a lo bien que es capaz de hacer todo, lo fácil que te pone las cosas y cómo es capaz de rodar a buen ritmo a pesar de su volumen y peso.

Buenos recuerdos de lo vivido sobre la Adventure
Buenos recuerdos de lo vivido sobre la Adventure

A pesar de permitirme hacer cosas como la de la foto de arriba o la que está justo bajo estas líneas (sí, la de abajo es una GS normal, no Adventure), el odio también ha estado presente desde el primer día de nuestra relación. ¿Por qué? Pues porque nada es perfecto pero me cuesta mucho encontrarle fallos, porque siempre que tengo que decirla adiós me deja con un gran vacío en la plaza de garaje y también en el corazón, porque cuando ella se va y vuelvo a la realidad me doy cuenta de que no soy tan buen piloto como creía y porque sé que siempre será una relación temporal, que lo nuestro nunca será para siempre.

Más recuerdos de la GS, éste de la normal
Más recuerdos de la GS, éste de la normal

Etapa 0: Madrid – Santander

El briefing de bienvenida se celebraba el miércoles 17 de mayo en Santander, lo que para mí significaba ir rodando desde Madrid. Fui por la mañana a la oficina ya con la moto cargada y después de comer puse rumbo norte solo con mi Adventure con la esperanza de poder hacer algún tramo de curvas. Pero cuando estaba a la altura de Lerma la lluvia se unió a nosotros con timidez.

Llegué a Burgos sin parar y, justo tras dejar atrás la ciudad, rompe a llover con fuerza. Buscaba como loco un punto donde resguardarme y poder ponerme la ropa de lluvia, pero no lo encontraba y pasaban los kilómetros. Por fin encuentro una casita al borde de la carretera donde pierdo veinte minutos luchando con el traje de agua, los cubrebotas, guantes, etc.

Sigo hacia Santander, la lluvia amaina y llego con tiempo suficiente para pasar las verificaciones y asistir al briefing. Después llegó el momento de decorar la habitación del hotel con los ropajes mojados, ducha, cena y a descansar… porque en el PuntApunta hay que madrugar si quieres llegar a una hora lógica al destino.

Etapa 1: Santander – La Lastrilla (Segovia)


El jueves amaneció lloviendo y recogimos agua del Cantábrico (para llevarla con nosotros hasta el Mediterráneo) sin siquiera quitarnos el casco. Cuando por fin abandonamos Santander tras parar a sellar el pasaporte de ruta en el primer check-point situado en un concesionario local, llovía con tal fuerza que parecía que se iba a juntar el cielo con la tierra. Luego se redujo la intensidad, pero estuvimos toda la mañana luchando contra el empañamiento de la pantalla del casco. Afortunadamente la ropa de moto actual no tiene nada que ver con la de hace años y yo al menos no pasé nada de frío ni tuve la más mínima filtración de agua.

La incómoda lluvia hacía que el encantador paisaje acentuase sus colores. Una pena no haber podido hacer fotos, pero ese día yo no tenía rutómetro y no me apetecía perder al grupo con el que iba porque rodábamos a buen ritmo. Además, con la lluvia lo de sacar el móvil o la cámara de fotos era todo un ritual con el que se perdía mucho tiempo. Bueno, me quedo con las imágenes en la retina y con las ganas de haber hecho cientos de fotos.

Llegamos al segundo check-point situado en El Soplao, donde la organización nos tenía preparado un refresco y lo que ellos llamaban un pincho, pero que en este caso se trataba de un cocido montañés que quitaba el sentido y nos daba fuerzas para seguir ruteando bajo el agua. Genial, pero en ese punto entré en shock, llevábamos casi tres horas desde que habíamos salido y el parcial de mi moto marcaba sólo 88 kilómetros ¡¡no puede ser, si venimos rodando a buen ritmo!!

Sí podía ser, la salida de Santander fue muy lenta y las carreteras no estaban para tener prisas. A partir de ahí la media de velocidad fue subiendo y, más o menos hacia la hora de comer dejó de llover. Por la tarde incluso llegamos a rodar sobre asfalto seco y, en el último check-point del día situado ya cerca de Segovia, me quité la ropa de agua.

Llegamos a La Lastrilla sobre las seis de la tarde. A esas alturas yo llevaba unas tres horas maquinando sobre la moto cómo hacerme un soporte para el rutómetro. Tenía una idea clara, sólo necesitaba una ferretería o un ‘chino’, algo que no tenía claro si encontraría cerca del final de la etapa. Para mi sorpresa, justo frente al punto de llegada había un mega-chino, donde compré cinta americana y bridas de nylon para mi invento.

Tras el briefing me duché rápidamente y me puse manos a la obra. Con cuatro cartones de rollos de papel higiénico preparé unos rodillos sobre los que enrollar el rutómetro y los fijé a la moto con las bridas de nylon. Se movía un poco-bastante, costaba hacerlo girar y sólo era válido para seco, la lluvia lo habría deshecho. Pero funcionaba y me iba a valer para hacerme disfrutar más todavía de las dos etapas restantes.

Etapa 2: La Lastrilla – Ciudad Real

Si la primera etapa fue un auténtico espectáculo de paisajes, la segunda fue para disfrutar como un niño de la conducción. La GS me lo puso fácil bajo el agua, ahora llegaba el momento de ver si podía pasármelo bien negociando curvas a un ritmo ágil.

Así fue, cientos de curvas medias y rápidas junto con otros cientos de curvas cerradas en tramos de montaña hicieron que los aproximadamente 500 kilómetros de la jornada fuesen pura diversión. La voluminosa Adventure con su peculiar sistema de suspensión te permiten circular por tramos revirados sin marearte con hundimientos de la parte delantera al frenar y luego de la trasera al acelerar.

Al poco de salir de Segovia le dije al grupo que siguiese sin mí porque tenía que hacer unos ajustes en mi rutómetro artesanal. Al final tuve que realizar dos paradas, pero conseguí que el invento funcionase y me guiase. Puede parecer una tontería, pero ir leyendo el rutómetro es parte de la diversión, te mantiene alerta y te entretiene.

Rodé en solitario hasta la una de la tarde más o menos, tras pasar por el Puerto del Pico y llegar a Segurilla, punto donde estaba situado el check-point donde nos esperaba el pincho del día… o no.

 

Puerto del Pico. ¡Ensalada de curvas para desayunar! #puntaapunta2017 #bmwmotorrad #bmw #bmwgs #trail #r1200gs #acerbis helmet, jacket & pants

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Resulta que en mi afán de contactar con el grupo los adelanté en algún momento que pararon, no vi sus motos aparcadas por despiste o por ir mirando el rutómetro. El caso es que llegué al check-point antes que las judías que formaban el esperado pincho y que llevaban toda la noche y la mañana cociendo. Esperé a que estuviesen listas y mereció la pena… ah, y también esperé a mi grupo, claro.

 

Primer control de paso de hoy ya sellado en mi pasaporte del #puntaapunta2017 #bmwmotorrad #bmwgs #bmw #trail #r1200gs #acerbis helmet, jacket & pants

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Por la tarde llegamos a la Plaza Mayor de Ciudad Real con un sol radiante que invitaba a disfrutar del ambiente en una de las terracitas de la plaza… y así hicimos, una merecida recompensa antes de la ducha y la posterior cena.

Etapa 3: Ciudad Real – Estepona (Málaga)

Más de 500 kilómetros por delante nos separaban de nuestra meta, unos kilómetros que me sorprendieron por la belleza de los paisajes y por el inesperado número de curvas. Pensaba que tendríamos más zonas de aburridas rectas, pero los encargados de diseñar la ruta se llevaron una merecida enhorabuena por parte de los participantes.

Perdí la cuenta de los puertos y portezuelos que pudimos subir y bajar. A estas alturas yo tenía calambres y un dolor terrible en las palmas de las manos y en los dedos que me perseguía desde la etapa anterior. Culpa mía por venirme arriba en las zonas reviradas con una moto tan grande, pesada y potente y, también hay que decirlo, por falta de entrenamiento. El mover la moto continuamente de lado a lado y las miles de frenadas y aceleraciones fatigaron mis pobres manos, pero en la segunda mitad de la última etapa daba igual el dolor ante la ensalada de curvas que tenía delante y que me apetecía disfrutar. El dolor de las manos ya se curará, pero que me quiten lo bailao.

En esta última etapa tuvimos una serie de retrasos, uno de ellos por culpa de un pinchazo. A pesar de haber salido a las ocho (como todos los días), llegamos un poco apurados a la meta. Vertimos el agua del Cantábrico en el Mediterráneo, esta vez con sol, sellamos el último recuadro de nuestro pasaporte y recogimos nuestra placa de finisher como recuerdo de la panzada de curvas y kilómetros que nos habíamos pegado.

Pero aquí no acababa el evento, quedaba la cena en grupo donde contar las aventuras, alguna mentira y exagerar un poco las vivencias de tres intensos días en los que disfrutamos de la moto, las carreteras, la compañía y los paisajes. Nos llevamos bonitos recuerdos, fotos y amigos, todo un lujo de experiencia que espero repetir.

Sobre Iván Solera

Con menos de tres años ya se sabía todos los coches que había por la calle, pero a los veinte su gran pasión pasó a ser la moto, da igual que sea de campo, deportiva, minimoto… ¡se sube a todas! Probador vocacional de alma racing, disfruta con cada moto como si fuese la primera vez.

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